No fue
sino hasta un viaje que hice a México hace un par de meses que utilicé, por
primera vez, la función de video de mi iPod. Es cierto, conozco bien las
posibilidades de este tipo de tecnologías digitales, pero debo confesar que la
idea de sentarme a ver algún programa en una pantalla que ocupa la mitad de la
palma de mi mano no me sedujo en un principio. Sin embargo, sentado en un avión
que pacientemente aguardaba más de dos horas su turno para despegar, tuve la
opción de ponerme al corriente con la primera temporada de 30 Rock.
Por Guillermo Chávez
Julio de 2007
Clavado
en la minipantalla, aún en la posición más vertical e incómoda de mi asiento,
me comí los primeros tres episodios de la serie. Sin poder parar, pasaron
varios capítulos más y entrando en la recta final la batería renunció. ¿Será
ésta una más de las estrategias de la industria para mantener a la audiencia
enganchada?, me pregunté. Tras jugar con la idea por un momento recordé las
tantas veces que he escuchado en este negocio que el contenido es lo primero. Y
al menos en este caso así lo fue.
Qué tan
bueno pueda resultar en una de estas pantallitas un programa diseñado para las
dimensiones del televisor sigue siendo tema de debate en esta maratónica
industria. Pareciera que no acabamos de entender cómo dominar un medio cuando
surgen dos más. Pero más allá de hacer versiones encapsuladas de producciones
existentes, la opinión general apunta hacia la realización de contenidos
específicamente para las nuevas plataformas.
En todo
caso, sin cruzarme entre el huevo y la gallina, me parece que ninguna podría
intercambiar la comodidad de mi sofá frente a una pantalla plana de 42 pulgadas
y los momentos compartidos que han ocurrido en esta sala. En realidad, mi
relación con la televisión ha cambiado poco en los últimos años; lo que nunca
pensé fue que la vería desde una perspectiva muy diferente.
Como
suele suceder, llegué a esta industria en un momento inesperado. Tras graduarme
de la universidad y probar mi suerte en distintos ambientes que no me
correspondían, mi visa de trabajo llegaba a su fin. Convencido de que
terminaría de regreso en México, un día recibí la invitación de TV Latina. Descubrí entonces lo
interesante y demandante del mundo que existe detrás de la pantalla. Y ya ni
hablar de los cierres de edición tras edición de una revista de esta estatura.
A lo
largo de los últimos dos años he tenido la suerte de poder seguir íntimamente
el continuo desenvolvimiento de lo que me permito llamar nuestra industria, los
logros y tropiezos de sus protagonistas, y me mantengo fascinado en la búsqueda
de lo que aún está por venir. No deja de sorprenderme lo chico que puede ser un
mundo tan grande, y a la vez, la cantidad de rincones que esconde. Paso a paso
y una por una las imágenes de la pantalla trascienden las posibilidades de sus
propias fronteras.
Y así,
uno se da cuenta de que puede adivinar los retos que se aproximan y tratar de prepararse
para su llegada, pero con frecuencia nos tomarán por sorpresa. Por ello, es
para mí un placer poder dirigirme a ustedes desde este espacio de nuestra
revista y tener la oportunidad de seguir recorriendo juntos ese camino.